Resumen
Además del hilo sobre el hacer sin hacedor y la integración de la comprensión, este encuentro recorrió otras preguntas planteadas en vivo, todas respondidas desde la misma comprensión no dual.
- ¿Por qué sentimos que algo esencial falta? Se explica que la sensación de carencia proviene del modo de interpretar la vida que cada quien ha ido armando, no de una falta real; y se propone una investigación directa sobre qué cambia y qué no cambia en la propia experiencia.
- La identidad como una ola en el mar. Ante la extrañeza de no encontrar una identidad fija a la que sostenerse, se explica que el propio personaje existe, pero no por sí solo, sino sostenido en uno, igual que la ola existe en el mar sin ser el mar.
- ¿Me estoy volviendo insensible? Se aclara que la desaparición de los grandes altibajos emocionales no es frialdad, sino el descubrimiento de una sensibilidad distinta, más ligada a los demás desde el reconocimiento de un mismo fondo.
- ¿Hay que llegar a estabilizarse? Se responde que, cuando se está tranquilo, ya se está estable; la inestabilidad es una idea que plantea la mente al buscar una seguridad futura mejor que el presente.
- ¿Cómo se busca el yo? Se aclara que no hay que buscar el yo, porque uno mismo es eso que busca; lo que hace falta investigar es qué es lo que uno es, no dónde se encuentra.
- El no saber constante. Se muestra que no existe un control real sobre lo que va a suceder, aunque esa sensación sea necesaria y sana para el funcionamiento cotidiano.
- ¿Es igual todo proceso de despertar? Se contrastan un despertar gradual e integrado con uno repentino y acompañado de miedo, señalando que no existe un estado espiritual «verdadero» al que haya que llegar, porque los estados son cambiantes.
- La observación sin juicio en la vida diaria. Se comparte cómo esta práctica, aplicada al caminar por la ciudad o en las relaciones familiares, revela que la realidad de ser siempre está ahí, más allá de los juicios que la mente sostiene.
- ¿Qué es realmente la iluminación? Se cierra el encuentro señalando que no es que uno se ilumine, sino que uno es la conciencia que todo lo ilumina; la verdadera realización se describe, más sencillamente, como vivirse de una manera natural y relajada.
«Si no hay nadie haciendo nada, ¿quién decide?»
Es una de las preguntas que más confunden a quien se acerca a la enseñanza de la no dualidad. Si se dice que no hay una persona separada detrás de los pensamientos, de las emociones o de las decisiones, ¿significa eso que nadie hace nada, que todo es pasivo, que da igual actuar o no actuar? En este encuentro, un participante lo formula desde su propia experiencia: cuando practica «dejar ser», nota que las cosas simplemente suceden, sin que haya alguien controlándolas.
María Luisa Cano responde con una distinción precisa, que es el eje de todo este bloque del encuentro: no hay alguien, no hay un hacedor, pero sí hay hacer. No hay un comprensor, pero sí hay comprender. La pregunta «¿quién comprende?» tiene una respuesta simple —yo comprendo—, pero ese «yo» no es una entidad separada entre otras: es «eso que todo lo sostiene, eso que puede experimentar la confusión y la claridad, eso de donde surge o se mueve todo lo que es». La mente puede arrastrar como un carro desbocado, y sin embargo, con la misma inteligencia que reconoce ese arrastre, es posible ponerle las riendas. Hay un hacer, y ese hacer es propio, «porque no hay otro»: lo que no hay es un ente separado que lo esté haciendo.
De dónde viene la voluntad, si no la elijo
La conversación avanza hacia una pregunta todavía más concreta: si no hay un hacedor, ¿de dónde sale entonces la voluntad de hacer algo? La respuesta señala al deseo. La voluntad surge del deseo, y los deseos —explica María Luisa— son como semillas que ya están ahí, en uno mismo, sin que se elijan: las tendencias, las inclinaciones con las que cada persona llega a cada situación. Según la semilla que brota, aparece la voluntad; según la voluntad, se toman decisiones; y de esas decisiones se siguen consecuencias. No hay un hacedor, pero sí hay un hacer, «el hacer del Ser», que se expresa mientras haya semillas de deseo sosteniéndolo.
Esto tiene una consecuencia importante, que la propia enseñanza se cuida de subrayar: la frase «no hay hacedor» no es una fórmula que resuelva todo por sí sola, ni una invitación a la pasividad. «Déjalo ser» es una instrucción concreta, útil para los momentos de confusión, de niebla mental; no un principio que sustituya la comprensión. Como se dice explícitamente en el encuentro, «no arreglemos todo con decir que ya todo es lo que es, no hay hacedor, porque entonces, ¿para qué estamos aquí reunidos?».
Comprenderlo no basta: por qué la integración lleva tiempo
La segunda mitad del encuentro se abre con el testimonio de otro participante, con muchos años de búsqueda espiritual detrás —viajes, maestros, lecturas—, que describe algo que muchas personas con un recorrido similar reconocen: haber tenido una revelación clara sobre quién es uno realmente, y no saber, después, cómo vivir con eso. «Nadie te enseñó cómo integrar esto», dice, y la mente sigue funcionando, sigue apareciendo, generando dudas incluso sobre el propio reconocimiento de la verdad.
La respuesta no ofrece un atajo. María Luisa comparte su propio proceso: la comprensión de que hay una presencia eterna, siempre presente, en la que ocurre todo, le llegó con una claridad total y de una sola vez; pero integrar esa comprensión con la vida concreta de una persona con limitaciones, con desazones, con altibajos emocionales, le costó años. La clave que finalmente se fue asentando es que lo que se sostiene —la mente, el cuerpo, las emociones— no es lo mismo que lo que sostiene; y que el ser humano no tiene que ser perfecto, ni en el pensar ni en el sentir, para que uno sea lo que es. Esa distinción es la que, con el tiempo, permite dejar de exigirse una versión depurada de uno mismo.
Por eso, cuando se le pregunta si hace falta seguir refinándose, seguir soltando, seguir corrigiéndose para merecer esa comprensión, la respuesta es clara: no. Sostener esa exigencia de mejora constante «crea un estrés al cuerpo y a la mente tremendo». Cuando se suelta esa necesidad, el propio movimiento —dice el encuentro— «tiene permiso de acomodarse a su propio modo, a su propio paso», y se va armonizando por sí solo.
Una mente que no boicotea, sino que cuadricula
Hacia el final, aparece una imagen que resume bien el espíritu de todo el encuentro. Ante la queja de que la propia mente parece querer boicotear el proceso de comprensión, se ofrece una mirada distinta: la mente no boicotea nada, porque no es un agente con intenciones propias. Es un movimiento que, dentro de la misma conciencia, está diseñado para cuadricular la experiencia —para congelarla en explicaciones, en moldes fijos—, y así poder sostener la vivencia de ser humano en el tiempo y el espacio. Sin ese proceso, no habría manera de experimentar esta dimensión tal como se experimenta. No hace falta pelear con la mente ni vencerla: basta comprender para qué está ahí, y no hacerle caso cuando insiste en explicarlo todo.
Es en ese mismo espíritu donde el encuentro señala una práctica concreta que sostuvo buena parte de esta comprensión con el tiempo: la observación sin juicio, una apertura repetida en la que el juicio —esto está bien, esto está mal— se ve, o simplemente deja de aparecer. No es una técnica más para «lograr» algo, sino un modo de notar, una y otra vez, que la realidad de ser siempre ha estado ahí, sin que ningún juicio mental haya podido, en realidad, cambiarla.
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