Resumen

Además del bloque sobre los estados mentales, este encuentro recorre otras preguntas que los participantes plantearon en vivo, todas ellas respondidas desde la misma comprensión no dual.

  • La mente como movimiento conocido. Se explica que no hace falta temer que, al dejar de pensar en un problema, se pierda algo real: cuando no se generan problemas, lo que aparece —imaginación, memoria, creatividad— no trae conflicto.
  • ¿Quién es el «personaje»? Ante la sensación de reaccionar siempre igual, «poseída por un patrón», se señala que nunca ha existido tal cosa como el personaje, y se devuelve la pregunta de quién se está identificando en cada momento.
  • El ejemplo del vaso: qué es verdad. Se examina qué significa que algo «sea verdad», distinguiendo entre lo único inmediatamente verificable —»yo, eso que es consciente de todo lo que experimenta»— y la verdad relativa de la propia historia.
  • Soltar el condicionamiento en pleno «terremoto» mental. Se muestra, en tiempo real, cómo un mínimo esfuerzo —enderezar el cuerpo, respirar profundo— permite no dejarse arrastrar por el hábito mental, sin que haga falta ninguna técnica sagrada.
  • El dolor de ver sufrir a un ser querido. Se reconoce que sentir con quien se ama no es un problema a resolver, sino parte de lo que significa ser humano; el equilibrio se construye con el tiempo, entregándose a lo que se pueda hacer.
  • ¿Está mal ser una persona reservada? Se aclara que no hay ninguna obligación de sentir o expresarse de una manera determinada; la sensibilidad se manifiesta de formas distintas en cada persona.
  • Empatía y límites. Se distingue entre ayudar desde una justa medida y querer arreglar la vida de todo el mundo según un ideal propio, señalando que no se puede sostener el mismo nivel de entrega con todas las personas sin desgastarse.
  • El «traje de persona». Frente a la exigencia de ser una persona espiritual, bondadosa y siempre disponible, se invita a investigar qué es eso de «ser persona», en vez de perseguir un ideal condicionado.
  • «Si ya soy lo que soy, ¿tengo que hacer algo para serlo?» Se aborda la energía que se va en el «deber ser» y en el logro, aclarando que lo que ya es no necesita construirse ni adquirir nada.
  • ¿Los pensamientos crean la realidad? Se explica que los pensamientos son movimiento de la conciencia, y que solo la práctica —no los conceptos ni las teorías— permite comprobar cómo el modo de pensar colorea lo que se vive.
  • Emociones, victimismo y aprobación. Con las emociones, se señala, no se puede hacer nada más que sentirlas; el malestar ante el juicio ajeno suele remitir a la necesidad de estar constantemente aprobada.
  • El bucle de la responsabilidad y el maltrato. El encuentro cierra con una pregunta difícil —si una misma provoca, con sus pensamientos, el maltrato que recibe— y con un recordatorio final: una confusión sostenida durante años no se resuelve pensando ni repitiendo conceptos, sino revisando con calma el propio movimiento interno.

Una pregunta enviada por chat: ¿tocamos la conciencia pura cada noche?

El encuentro arranca con una pregunta que muchas personas se han hecho alguna vez, formulada por una participante a través del chat: si en el sueño profundo no hay pensamientos, ni emociones, ni identificaciones, ¿no seríamos, en ese momento, la conciencia pura de la que habla la enseñanza no dual? Y si es así, ¿no viviríamos cada noche un rato en ese estado, para luego «despertar otra vez en la ilusión de separación»?

María Luisa Cano no responde a la pregunta directamente. En su lugar, propone revisar algo más básico: qué son en realidad esos tres estados que se suelen dar por sentado —vigilia, sueño con sueños y sueño profundo— y quién los tiene. Su punto de partida es una distinción que cambia el resto de la conversación: la mente está hecha de conciencia, pero la conciencia no está hecha de mente. La mente es un movimiento en la conciencia, del mismo modo que las olas son un movimiento en el mar; surge en ella y se disuelve en ella, como un pote de arcilla que aparece y vuelve a ser arcilla.

Vigilia, sueños y sueño profundo: tres movimientos, un solo testigo

Si la mente es un movimiento en la conciencia, entonces los tres estados mentales no son lugares por los que la conciencia entra y sale, sino experiencias que la conciencia presencia. La vigilia es el estado más largo y el más «lógico»: hay memoria, continuidad, causa y efecto. El sueño con sueños es más aleatorio, sin la misma coherencia lineal. Y el sueño profundo es aquel del que no queda ningún recuerdo, porque, según explica María Luisa, ahí la mente reposa por completo.

La consecuencia es directa: «uno no está en un estado, sino que uno es la conciencia que presencia estados». No hay un estado más verdadero que otro —ni siquiera el sueño profundo, que algunas tradiciones sitúan como el más cercano a lo real—, porque la conciencia no tiene estados: los sostiene a todos por igual. Ser consciente de la realidad, señala, no implica dejar de pensar ni vaciar la mente; la realidad se nota a sí misma porque sostiene siempre el movimiento mental, emocional y sensorial, esté presente o no.

Desde aquí, la respuesta a la pregunta inicial se aclara: no es que «vivamos un rato» en el sueño profundo, porque eso que uno es —la conciencia— nunca ha estado dentro de ningún estado como para entrar o salir de él. Y tampoco hay, en sentido estricto, un despertar hacia la separación: lo que ocurre es que, junto con la percepción sensorial, emocional y mental propia de la vigilia, surge la identificación con el cuerpo, y con ella el sentido de ser algo limitado.

«Para mí, el sueño profundo no existe»

La conversación continúa cuando otra participante pregunta por qué, si es la conciencia la que se da cuenta de la vigilia y de los sueños, no puede observar nada del sueño profundo. Aquí María Luisa ofrece una mirada personal, y advierte que es disruptiva: para ella, el sueño profundo, tal como se suele entender, sencillamente no existe, porque no hay ninguna referencia de él, ningún movimiento, nada que haya comenzado ni terminado. Lo que se llama sueño profundo es, en realidad, una lectura hecha desde la vigilia —ver dormir a alguien, comprobar la ausencia de actividad cerebral, escuchar después su relato de haber descansado—, no una verificación directa.

Y cuando la participante intenta ubicarse en un «trasfondo» que observa los movimientos, se le devuelve un matiz importante: tener conciencia de lo que uno es, como si fuera un objeto que se puede observar, es ya una ilusión, porque uno no es «algo» de lo que haya que tener conciencia. Lo que verdaderamente importa, señala, no es si hay o no movimiento mental, sino si, cuando la mente funciona, hay sufrimiento o no lo hay.

Por qué no hay memoria del sueño profundo, y qué es en realidad el reposo

Un tercer intercambio cierra este bloque con una precisión que ayuda a entender el argumento completo: si no hay memoria de algo, es porque no hubo nada que registrar; y si no hubo nada que registrar, no puede llamarse propiamente «estado», porque un estado supone unas condiciones que duran en el tiempo. Se explica también por qué la enseñanza tradicional ha tendido a confundir el sueño profundo con el estado más verdadero: algunas frases de sabios sobre «estar en la paz del estado profundo, pero en vigilia» se han tomado de forma literal, cuando en realidad apuntaban a la ausencia de agitación mental, no a estar dormido.

El fragmento se cierra con una observación que resume el espíritu de todo el bloque: aunque cada noche busquemos ese descanso, el reposo del que se habla aquí no tiene duración, no tiene límites, está siempre ahí. Y la claridad que se persigue no consiste en tener las ideas ordenadas —»la claridad no es tener las ideas claras»—, sino en no enredarse con ellas.

Esta manera de mirar los estados mentales —como movimientos que van y vienen en algo que los sostiene sin cambiar con ellos— es la misma comprensión que, a lo largo del resto del encuentro, se aplicará a preguntas muy distintas: quién es el «personaje» que reacciona siempre igual, si los pensamientos crean la realidad, o por qué cuesta tanto soltar el condicionamiento cuando la mente se agita. El hilo es siempre el mismo: distinguir lo que aparece y desaparece de aquello que, sin moverse, lo presencia todo.

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No Dualidad y Conciencia
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