Resumen

Resumen del encuentro

Este encuentro reúne trece momentos de diálogo, hilados por una misma comprensión aplicada a preguntas muy distintas:

  • Ser y existir. A partir de una pregunta retomada de un encuentro anterior, se distingue entre ser (lo que siempre es) y existir (lo que comienza y termina), y se subraya que solo la verificación directa, y no la reflexión filosófica, evidencia esta distinción.
  • ¿Hay dos conciencias? Ante una duda sobre la ortografía de «conciencia» y «consciencia», se aclara que no hay dos realidades distintas, y se recuerda que las palabras señalan la realidad, pero no son la realidad.
  • ¿Es la conciencia una construcción mental? Se explica, mediante el método de eliminar todo lo que aparece, que siempre queda «eso que se da cuenta», y que ese darse cuenta sostiene por igual la vigilia, el sueño con sueños y el sueño profundo.
  • Absoluto y relativo. Se distingue entre las experiencias, que son relativas al darse cuenta, y el darse cuenta mismo, que es absoluto, ilustrado con la metáfora del mar y las olas.
  • Los límites del pensar. Se explica que el pensamiento, hecho para separar y clasificar, no puede conocer la realidad; solo se puede notar directamente lo que permanece, usando la metáfora del trasfondo.
  • La Plenitud como tercera palabra. Ante la sensación de que ninguna experiencia llena del todo, se introduce la Plenitud como la naturaleza misma del ser, no como un logro que se alcanza.
  • Meditación: evidencia, no experiencia. Se aclara que notar el ser no es una experiencia especial, sino una evidencia de lo que siempre está presente, y que la inquietud ante las experiencias surge de creerse la perturbación.
  • Placer y plenitud. Se desarrolla la confusión central del encuentro: el deseo busca placer, no plenitud, y la sensación de vacío no se llena consumiendo, sino reconociendo la verdadera naturaleza ya presente.
  • El valor de seguir viniendo a los encuentros. Se explica que compartir la comprensión la refresca, sin que eso signifique que se necesite adquirir algo nuevo.
  • Conflicto y juicio. Se distingue entre lo que sucede y el juicio de que «no debería ser así», señalando que ningún pensamiento es verdadero en sí mismo, solo coherente o no con la comprensión ya alcanzada.
  • ¿Quién quiero ser? Se aclara que la identidad no se define por lo que se hace, piensa o siente, y que uno no es una persona buena o mala, sino aquello que tiene esas experiencias.
  • Cuando la necesidad entra por la puerta. Se precisa que las personas no son la plenitud, sino que el ser mismo es pleno, y que las necesidades funcionales no contradicen esa plenitud, aunque puedan hacer que se pase por alto.
  • Identificación y conciencia. Se cierra el encuentro aclarando que ninguna identificación aleja realmente de la conciencia: lo que genera es la confusión de creerse limitado, no una separación real.

Casi todos hemos sentido, alguna vez, que algo nos falta. Buscamos una pareja, un viaje, una casa más cómoda, un momento de calma en la meditación, con la esperanza silenciosa de que eso, por fin, nos complete. Y sin embargo, la sensación de vacío regresa. En un encuentro reciente, María Luisa Cano abordó esta inquietud desde dos preguntas que, a primera vista, parecen distintas —¿qué diferencia hay entre ser y existir?, ¿por qué confundimos el placer con la plenitud?— y que, miradas de cerca, son la misma pregunta formulada de dos maneras.

¿Cuál es la diferencia entre ser y existir?

Existir, explica María Luisa, es el verbo: es lo que comienza, se despliega en el tiempo y termina. Un pensamiento existe, una sensación existe, una relación existe, porque se puede notar, ver o sentir que está ahí, y también que deja de estarlo. Ser, en cambio, no es un objeto que aparezca ni un estado que comience: es aquello que siempre es. Por eso, dice, «ser no depende de existir para ser».

La distinción puede sonar abstracta, casi filosófica, y de hecho la filosofía ha dedicado siglos a intentar nombrarla. Pero María Luisa es clara en que ningún concepto, por preciso que sea, sustituye la verificación directa: «lo único que ayuda es la verificación directa, por experiencia propia». No cualquier experiencia, sino la de aquello que es permanente y siempre ha sido. La indagación, la meditación, la observación, son simplemente las formas en que esa experiencia puede evidenciarse.

¿Es la conciencia algo separado de mí?

Uno de los malentendidos más comunes al escuchar hablar de «conciencia» es imaginarla como una entidad aparte, algo que se posee o que está en algún lugar, distinta de las experiencias que van y viniendo. María Luisa lo desmonta con un ejercicio sencillo: si se quitan, uno a uno, los pensamientos, las percepciones, las sensaciones, las emociones, el tiempo, el espacio, la sensación misma de tener un cuerpo, siempre queda algo. «Quita todo, quita todo, quita todo, y lo que queda es eso que se da cuenta», dice. Ese darse cuenta no es una cosa entre las cosas: no tiene forma, no está en ningún sitio, y por eso no puede convertirse en objeto de sí mismo.

Para explicar cómo se relaciona ese darse cuenta con las experiencias que sí cambian, recurre a la distinción entre lo absoluto y lo relativo. Lo relativo depende de algo; lo absoluto no depende de nada. Las experiencias son relativas al darse cuenta: sin él, no habría nada de qué darse cuenta. Pero el darse cuenta mismo no depende de ninguna experiencia. Es, dice María Luisa, «como el mar y las olas»: las olas —las experiencias— van y vienen, pero el mar sigue estando ahí, con olas o sin ellas.

¿Por qué ninguna experiencia termina de llenarme?

Aquí aparece la pregunta que atraviesa buena parte del encuentro: si uno ya ha probado tantas cosas —libros, retiros, relaciones, logros— y aun así queda una sensación de insuficiencia, ¿qué falta? María Luisa introduce entonces una tercera palabra, necesaria para que «ser» y «conciencia» tengan sentido completo: plenitud. Eso que queda cuando se quita todo no es solo permanente; también está completo, no le falta nada. «Es plenitud, más que pleno, es plenitud sustantivo», precisa, distinguiendo esa cualidad de un simple estado agradable.

Y añade una advertencia importante: la plenitud no es algo a lo que se llega. No se construye leyendo más, meditando más o acumulando experiencias espirituales. «Uno no llega a ser pleno. Uno no es esta persona incompleta», afirma. La búsqueda de completarse —tan habitual en cualquier camino espiritual— puede convertirse, paradójicamente, en la manera de seguir pasando por alto lo que ya está presente.

La diferencia entre placer y plenitud

Si la plenitud ya es, ¿por qué seguimos buscando? La respuesta, según María Luisa, tiene un nombre: placer. Detrás de casi todo deseo —una buena comida, un viaje, una relación, una casa cómoda— está la expectativa de una experiencia agradable. «Solemos confundir el placer con la plenitud», señala, y esa confusión es también la que sostiene buena parte del consumo: la idea de que, si se acumula suficiente placer, se llegará a estar pleno.

El problema, explica, es que el placer es siempre momentáneo, y puede incluso convertirse en su opuesto —como comer en exceso hasta terminar con malestar—. La sensación de vacío que se intenta llenar con placer no se resuelve así, porque no se trata de llenar nada: «se resuelve reconociendo que tu verdadera naturaleza plena ya está aquí y siempre lo ha estado». Esto no significa que los deseos deban desaparecer. El deseo de placer, dice, es natural al movimiento de la vida; lo que cambia, con la comprensión, es la relación que se tiene con él.

Vivir con necesidades sin perder de vista la plenitud

Hacia el final del encuentro, una participante recuerda la frase «cuando la necesidad entra por la puerta, la plenitud sale por la ventana», y María Luisa aprovecha para afinar un matiz importante: las personas no son la plenitud. Decir «ya somos la plenitud» puede sonar bonito, pero desliza la idea de que hay muchos que la poseen. Lo preciso es otra cosa: el ser que sostiene toda la experiencia es, en sí mismo, pleno.

Eso se puede notar incluso en medio de una necesidad real, sea el deseo de organizar una fiesta o la urgencia de llamar a un plomero. No hace falta que las necesidades desaparezcan para reconocer la plenitud: basta con notar, al mismo tiempo que la necesidad, esa presencia que no necesita nada. Cuando parece que la plenitud «se fue», lo que ha ocurrido es que toda la atención se puso en el deseo, mientras la plenitud seguía, sin moverse, exactamente donde siempre está.

Ser y existir, placer y plenitud: dos parejas de palabras que, en este encuentro, terminan señalando lo mismo. Lo que permanece no depende de lo que aparece; y lo que se es no depende de lo que se consigue. La invitación de María Luisa no es a creer esto, sino a comprobarlo: notar, en la propia experiencia, qué es aquello que nunca ha comenzado ni ha de terminar.

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