Resumen

El ahora y la conciencia. A partir de una lectura sobre «el poder del ahora», se aclara que no existe nada —pasado, futuro, sentimiento o pensamiento— que no esté relacionado con la conciencia. Prestar atención al presente no es un fin en sí mismo, sino un recurso para notar la presencia consciente, atemporal y sin localización, que siempre está.

El cuerpo como puerta de entrada. Se distingue entre sentir el cuerpo y ser el cuerpo. El cuerpo se conoce y se experimenta, pero no define lo que uno es; sentir el cuerpo ayuda a aquietar la mente, sin ser la meta de la investigación.

Qué queda cuando la paz se va y vuelve el miedo. Con la imagen de unos globos de colores, se muestra que ni la paz ni el miedo son verdades por sí solas: lo único cierto y permanente es aquello que se da cuenta de ambos.

Por qué duele perder algo preciado. Se aclara que sentir tristeza ante una pérdida real es lo más humano, y que la comprensión no es un estado de paz o ecuanimidad que pueda perderse, sino el reconocimiento de lo que permanece a través de todos los estados.

Por qué siento que se me fue la comprensión. No es la persona quien comprende: mientras se crea ser un personaje que controla su vida, se sostiene la ilusión que genera sufrimiento. La identidad personal es un velo que se pone y se quita.

Ignorancia y no saber. Se distingue la ignorancia de la que hablan las enseñanzas —creerse una persona limitada— del simple no saber algo. El conocimiento es pasajero; el Ser que se es, eterno.

La paradoja de hacer o no hacer para comprender. Para ser no hay nada que hacer, pero para que la mente comprenda sí conviene autoindagar, meditar y atender las enseñanzas; también cabe, finalmente, rendirse.

Plenitud y carencias del cuerpo. Con la imagen de un juego de mesa, se explica que la conciencia es plena independientemente de si faltan dinero o salud, y que se puede vivir la carencia desde la plenitud cuando la mente no crea conflicto.

¿Es la autoindagación un escape? Se aclara que autoindagar no es huir de lo que se siente, sino retornar una y otra vez a la propia fuente; con la práctica constante, ese retorno se vuelve natural.

Hay una experiencia común entre quienes llevan tiempo investigando su propia naturaleza: tras un periodo de paz estable, sin aviso, vuelve el miedo. ¿Qué falló? ¿Se esfumó la comprensión, o nunca hubo tal comprensión? El Encuentro 521 de María Luisa Cano aborda esta pregunta desde varios ángulos que señalan lo mismo: la diferencia entre los estados que aparecen y desaparecen y aquello que permanece a través de todos ellos.

¿Qué queda cuando la paz se va?

Una participante describe algo concreto: después de un año sintiéndose en calma, el miedo ha regresado, y no sabe a qué aferrarse. María Luisa responde con una imagen sencilla. Imagina que sostienes un globo de helio color plata: así es la paz. Si lo sueltas y se va, ¿tú quedas o no quedas? Ahora imagina un globo violeta: así es el miedo. Si también se va, ¿qué queda? Siempre queda quien sostenía los globos.

«Ni la paz ni el miedo son verdades por sí solas», explica María Luisa. Ambos son estados que vienen y van, «y no son reales por sí mismos, igual podrían ser puras alucinaciones. Pero tú, lo que se da cuenta de todo ese movimiento, eres absolutamente real.» No hace falta resolver si la vida es un sueño: lo único que no admite duda es que uno se está dando cuenta de ella. Ese darse cuenta —no un estado de ánimo particular— es lo permanente.

Esto tiene una consecuencia práctica cuando algo preciado se pierde de verdad: una relación, una situación, el propio avance en el camino. Lo humano no es sentirse indiferente sino vivir la tristeza que corresponde; el problema no es sentirla, sino suponer que si aparece es porque la comprensión anterior «se fue». Cuando hay comprensión real, aclara María Luisa, esta no se va, porque nunca fue un estado: «no es una sensación, no es un sentimiento, no es un modo de ser.» Todo eso viene y va. Lo que permanece es lo que se da cuenta de ese ir y venir, y eso es lo que uno realmente es.

No soy el cuerpo, pero tampoco lo rechazo

Otra participante plantea una confusión frecuente: se le invita a sentir el cuerpo, a habitarlo, como puerta de entrada a su verdadera naturaleza, pero al mismo tiempo escucha que ella no es el cuerpo. ¿No es esto una contradicción?

María Luisa aclara que decir que uno no es el cuerpo no equivale a rechazarlo. El cuerpo se siente, se conoce, se experimenta; lo que no es cierto es que ese cuerpo defina lo que uno es. «Yo puedo sentir este bolígrafo y al mismo tiempo darme cuenta de que yo soy eso que siente el bolígrafo, pero no soy el bolígrafo.» Lo mismo ocurre con el cuerpo: se siente, y a veces no se siente en absoluto, cuando la atención está en otra parte, pero eso que lo siente permanece siempre.

La identificación con el cuerpo tiene dos raíces: la necesidad de un punto de referencia para experimentar el espacio tridimensional, y el aprendizaje cultural que desde la infancia enseña a llamar «yo» al cuerpo. Ninguna de las dos lo convierte en lo que uno es. Por eso sentir el cuerpo no es la meta de la investigación, sino una puerta: ayuda a que la mente se aquiete y la atención pueda soltarse en su origen.

La comprensión no la tiene la persona

De vuelta con la misma participante aparece la pregunta más filosa: si la comprensión real nunca se va, ¿por qué a veces parece esfumarse? María Luisa introduce aquí un giro importante: no es la persona quien comprende. «Aquí nunca hubo una persona comprendiendo, ni pensando, ni sintiendo.» Mientras exista la idea de ser alguien —con un nombre, una historia, una necesidad de tener todo bajo control— se está dentro de una ilusión que genera precisamente eso: la sensación de haber perdido el control de la meditación, de la ecuanimidad, de la vida entera.

La identidad personal es un velo que se pone y se quita sin que uno lo note: cuando hay paz es porque, por un momento, esa idea de ser alguien no está presente. El problema no es que la paz se haya ido, sino creer que quien la sentía era la persona. Frente a la necesidad de algo simple a lo cual aferrarse, la respuesta no es una técnica más: es notar que ya se es aquello que se busca. «De lo único que te tienes que agarrar es de Yo Soy… y te darás cuenta muy pronto de que no hay nada que agarrar, porque ya lo eres.»

Hacer para comprender, no hacer para ser

El encuentro cierra este hilo con una pregunta que muchos se hacen tras años de escuchar enseñanzas de no dualidad: si siempre soy el Ser, si la comprensión ya está aquí, ¿por qué sigo sin sentir que comprendo? ¿Hay algo que hacer, o eso contradice la enseñanza misma?

María Luisa distingue con precisión: para ser lo que ya se es, no hay nada que hacer. Pero para que la mente comprenda, sí. Autoindagar, meditar, observar cómo se mueven la mente y las emociones: todo eso ayuda, no porque fabrique la comprensión con más conocimiento, sino porque prepara el terreno para algo que no se fabrica. «Es una comprensión espontánea e instantánea, que se da cuando la mente deja de elaborar identidad.» Una mente clarificada reconoce que es movimiento al servicio de la conciencia; una mente confundida cree que debe construir un futuro para sentirse completa.

Hay todavía otro camino para quien ya no encuentra fuerzas para seguir «trabajando» en la comprensión: rendirse. Seguir haciendo lo mismo de siempre —indagar, meditar, asistir a los encuentros— pero ya no para buscar nada, sino por amor, entregándose a que la comprensión llegue cuando tenga que llegar.

Una invitación a seguir mirando

Lo que atraviesa este encuentro —la paz que parece irse, el cuerpo que se siente sin ser lo que se es, la persona que cree comprender o no comprender, la paradoja de hacer o no hacer— apunta en una sola dirección: hay algo en cada uno que no depende de ningún estado, que no empieza ni termina, y que ya es pleno antes de cualquier logro. Este artículo solo abre una puerta; la conversación completa puede escucharse en el encuentro original.

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No Dualidad y Conciencia
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