Resumen
El Encuentro 519 recorre preguntas muy distintas, pero todas orientadas hacia una misma comprensión: lo que es consciente no es una entidad ni depende de nada transitorio.
- Qué es realmente el despertar. No es la idea de que no hay un yo personal, sino el reconocimiento de la naturaleza eterna que sostiene toda experiencia.
- Identidad y sufrimiento. La identidad no siempre ha estado ahí; el sufrimiento aparece al definirse con la propia historia en lugar de comprenderla como historia.
- Ser y existir. Se distinguen dos nociones: el Ser siempre es, mientras que la existencia es una manifestación temporal de eso que siempre es.
- Astrología y tendencias. Doctrinas como la astrología son lecturas de la manifestación, no de lo que uno realmente es; nada manifestado es real por sí mismo.
- ¿Es el cuerpo lo que es consciente? Se aclara que el cuerpo no es consciente por sí solo, sino actividad de la Conciencia, que no tiene tiempo, localización ni límites.
- El Ser no necesita nada. Las necesidades las plantea la mente; quien experimenta no es una entidad sino la Conciencia misma.
- ¿El despertar depende del cerebro? Se plantea que no hay personas despiertas ni dormidas y que el despertar es un cambio de perspectiva, no un evento neurológico.
- Sustancias alucinógenas. Pueden producir experiencias extraordinarias, pero el punto es qué se comprende de ellas, no la experiencia en sí.
- Café, lucidez e instantes de plenitud. Se distingue entre estados asociados al cuerpo y la comprensión, que por ser atemporal no es una experiencia.
- Atención y trasfondo. La atención no se fija en un objeto; es movimiento de la conciencia. La autoindagación es investigar, no forzar.
- Experiencia de no diferenciación. Un participante relata dos horas sin distinción entre cuerpo y sí mismo; se indaga qué permanece: presencia, existencia, experimentar.
- La contracción y la historia personal. Lo que aparece y desaparece es la identificación con la historia personal, que produce contracción; lo permanente es la presencia consciente.
- Experiencia de bilocación. Una participante relata verse desde fuera de su cuerpo; se aclara que la conciencia no está localizada ni dentro ni fuera del cuerpo.
- Investigar quién tiene la experiencia. Cualquier experiencia sucede en uno mismo; investigar exige poner en duda las ideas sobre quién se es.
- Qué es el ego. No es una entidad, sino el sentido de identidad que aparece al apropiarse de un pensamiento o una manera de ser.
- Miedo a cuestionar la identidad. Surge de la necesidad de control mediante ideas fijas; lo que uno es, ya lo es, se sepa o no.
¿Es el despertar una cuestión de cerebro?
Es una pregunta que tarde o temprano aparece para quien se acerca a la no dualidad desde una mirada curiosa: si despertar es reconocer la propia naturaleza esencial, ¿por qué le ocurre a algunas personas y no a otras? ¿Será que el cerebro de quien «despierta» funciona de otra manera? La pregunta llegó de forma literal a un encuentro de María Luisa Cano, enviada por una participante a través de WhatsApp: la diferencia entre alguien despierto y alguien que no lo está, ¿no podría ser simplemente un funcionamiento distinto del cerebro?
La respuesta empieza revisando la pregunta misma. Antes de discutir el cerebro, hay que preguntarse quién despierta. Y ahí aparece la primera precisión: no hay personas despiertas ni personas dormidas, porque no hay, en rigor, personas pensando, sintiendo o siendo conscientes. Lo que aquí es consciente no es una entidad ni un individuo con un cerebro más o menos afinado: es la conciencia misma, que siempre está despierta en el sentido de que siempre es consciente. No tiene que despertar a nada, porque nunca estuvo dormida.
Lo que es consciente no es una entidad
Esa conciencia, sin embargo, se mueve, y parte de su movimiento es el movimiento mental: la mente que va planteando, momento a momento, que uno es alguien, un ser humano con una historia que se experimenta a sí mismo. Cuando un día se nota que lo que ha estado consciente siempre no es este cuerpo ni este personaje, sino algo sin límites que sostiene toda experiencia, ocurre lo que se llama despertar. Pero ese cambio no le sucede a una persona: sucede en la conciencia. Es, dice María Luisa, pasar de una mente que genera un sentido de identidad separada a una mente que traduce la realidad de no ser una entidad.
¿Y el cerebro, entonces? Aquí la respuesta es honesta antes que categórica: el cerebro es parte del cuerpo, y el modo en que se mueve la mente está asociado a cómo funciona ese cuerpo. Pero asociado no es lo mismo que dependiente. María Luisa reconoce abiertamente que no es neuróloga y que no va a inventar mecanismos que no conoce. Lo que sí puede afirmar, desde su propia experiencia, es que no le parece que sea importante: nadie va a entrar con un destornillador a apretar tuercas dentro de la cabeza para lograr un despertar. No hay nada que hacer con el cerebro. Lo único que se puede hacer es aplicar la atención, discernir en qué consiste la confusión, indagar.
¿Y las sustancias que producen experiencias extraordinarias?
La conversación se adentra después en un terreno relacionado: las sustancias alucinógenas. Es sabido que ciertas sustancias, al afectar el funcionamiento neuronal, producen experiencias que muchas personas describen como místicas, incluso como despertares. Hay ahí, admite María Luisa, una interacción real con el cerebro. Pero el punto, señala, no son las experiencias que se tienen, sino qué se comprende de ellas. Si la experiencia termina y se vuelve a pensar que uno es esta persona, no hubo despertar de ningún tipo, por extraordinaria que haya sido la experiencia. Si, en cambio, queda un cambio de perspectiva sobre lo que uno es, eso es despertar, tuviera o no que ver con una sustancia.
Ese mismo criterio se aplica a experiencias más cotidianas: el café que aumenta la lucidez momentánea, o esos instantes breves —a veces de solo unos segundos— en que alguien siente, sin motivo aparente, una plenitud fuera de lo habitual. María Luisa cuenta que su propio recuerdo del despertar no tuvo relación alguna con ninguna sustancia: ocurrió, dice, en un momento de sueño profundo, en la aparición misma de la vigilia. El contraste es deliberado: si el despertar dependiera del cerebro de una manera mecánica, sería extraño que sucediera precisamente cuando el cuerpo estaba más dormido.
Por qué la comprensión no es una experiencia
Hay una razón más profunda por la que buscar el despertar en el cerebro se queda corto: la comprensión, tal como se señala en la enseñanza, no dura en el tiempo. Un instante de reconocimiento no se puede medir con un cronómetro porque, en rigor, es fuera del tiempo. Por eso no puede tratarse como un evento neuroquímico entre otros, con un inicio y un final localizables. Es revelador —deja una huella, informa de algo real— pero no es una experiencia como las demás.
Lo único que se puede hacer
Lo que queda, entonces, no es un procedimiento cerebral sino una forma muy concreta de prestar atención: preguntarse a quién le ocurre este pensamiento, y luego, sin buscar una respuesta conceptual ni fijar la mirada en ningún objeto, preguntarse qué es eso a quien le ocurre. Ahí no hay esfuerzo posible ni técnica que perfeccionar; hay, como lo describe María Luisa, solo quedarse en silencio, relajada, dejando que aquello que sostiene todo pensamiento se muestre por sí mismo.
Queda abierta la pregunta de fondo, la misma con la que este artículo empezó: si no es el cerebro lo que determina el despertar, ¿qué es entonces? La conversación completa —con las preguntas de otras personas del encuentro sobre la identidad, el cuerpo, la atención y el ego— ofrece más ángulos de esa misma indagación y puede escucharse en el Encuentro 519 de María Luisa Cano.
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