Resumen
  • Confianza y observación sin juicio: al abrir el encuentro se recuerda que la base esencial que somos es consciente y no es vulnerable a nada de lo que acontece; toda vulnerabilidad ocurre dentro del acontecer, no en lo que lo sostiene.
  • Fe y certeza: ante la pregunta de si hace falta fe para sostener esta enseñanza, se aclara que no: se propone investigar y comprobar, ya que «yo soy» es la única certeza permanente, anterior a cualquier creencia.
  • Mente dispersa y silencio: la dispersión de los pensamientos no es el problema; el conflicto lo genera la narrativa identificada. El silencio que se señala es un silencio de identidad, no la ausencia de pensamiento.
  • La muerte y lo que permanece: sostener quiere decir ser consciente de algo. El cuerpo es uno más de los contenidos conscientes; lo que uno realmente es no nace ni muere, aunque el cuerpo sí.
  • El cuerpo y la plenitud: las sensaciones corporales no están localizadas en un lugar; la plenitud no depende de que el cuerpo esté bien, es la naturaleza misma de lo que se es.
  • Control y frustración: la necesidad de controlar la vida nace de la idea de un yo separado. Sin ideas preconcebidas que interfieran, lo que actúa es el Ser, idéntico a inteligencia y sabiduría.
  • ¿Decide la conciencia?: preguntar si la conciencia decide repite, con otro nombre, la vieja idea de un Dios que decide. Se aclara que la conciencia es atemporal y aespacial.
  • El sentido de una vida temporal: la importancia de la vida es la que cada uno le da; se compara con un niño que construye un castillo de arena. La vida brota como un árbol de una semilla, sin estar predeterminada.
  • Qué significa ser libre: el tema central del encuentro. La persona es un conjunto de condicionamientos, pura limitación; la Conciencia es libre porque puede experimentar cualquier cosa sin estar limitada a una sola posibilidad.
  • Condicionado, no predeterminado: lo que sucede está condicionado por tendencias latentes, pero eso no equivale a un destino fijado; las combinaciones posibles son infinitas.
  • Autoindagación: no hay un observador separado de lo observado; hay observación, una sola Conciencia consciente de infinitas posibilidades. La práctica comienza por notar que se está pensando y preguntarse quién tiene ese pensamiento.

Hay una experiencia que casi todos reconocemos: sentir que no elegimos lo que nos pasa. No elegimos el miedo que aparece de golpe, ni la tristeza que llega sin avisar, ni el pensamiento que se repite aunque queramos dejar de pensarlo. Si ni siquiera podemos decidir qué va a aparecer a continuación en la propia mente, ¿en qué sentido puede decirse que somos libres? Esta pregunta, tan concreta y tan cotidiana, fue el eje de uno de los momentos centrales de este encuentro, y la respuesta de María Luisa Cano separa con una claridad poco habitual dos planos que solemos mezclar sin darnos cuenta.

¿Soy libre o soy esclavo de lo que me pasa?

María Luisa había descrito la vida como un volcán: a veces apagada, a veces encendida con mil luces. En pocos días había pasado por la conmoción de un terremoto devastador y, al siguiente, por la alegría sencilla de una nieta que la abraza. Fue entonces cuando surgió la objeción, tan razonable como incómoda: si uno se limita a observar cómo aparecen el desastre y la dicha, el miedo y el amor, sin poder elegir ninguno de los dos, ¿no es eso más parecido a la esclavitud que a la libertad? Sentirse arrastrado por lo que va sucediendo, por las emociones y los pensamientos que van y vienen sin permiso, es una experiencia que casi cualquiera puede reconocer en sí mismo.

La persona es un conjunto de condicionamientos

La respuesta empieza reconociendo algo que suele sorprender por su honestidad: la persona, en efecto, no es libre. «María Luisa es pura limitación», dice ella misma sobre sí, «pero María Luisa no es lo que yo soy». Este cuerpo es un conjunto de condicionamientos genéticos; esta mente está construida con condicionamientos de lenguaje, memoria y aprendizaje; estas emociones responden a un funcionamiento biológico y químico concreto. Todo eso —cuerpo, mente, emociones— es lo que llamamos con un nombre propio, y todo eso está condicionado. Ninguna de esas tres cosas, además, es lo que percibe: el cuerpo no es consciente, la mente no es consciente, las emociones no son conscientes. Lo que es consciente es aquello que experimenta el cuerpo, la mente y las emociones, sin ser ninguno de ellos.

La libertad no es de la persona, es de la Conciencia

Ahí está el giro central del encuentro. La libertad que se investiga en la no dualidad no es una cualidad que la persona pueda conquistar con esfuerzo, sino la naturaleza misma de la Conciencia que uno realmente es. «¿Qué quiere decir que algo es libre?», pregunta María Luisa. «Que no está limitado.» Y la Conciencia no está limitada porque puede experimentar cualquier cosa: el desastre y la alegría, el miedo y el amor, sin quedar reducida a ninguno de los dos extremos. Si estuviera obligada a experimentar solo un tipo de cosas, entonces sí sería una prisión. Pero puede con todo, y por eso es libre. La persona, mientras tanto, sigue siendo tan condicionada como siempre: la comprensión no la vuelve perfecta ni la libera de sus reacciones. Lo que cambia es que uno deja de identificarse exclusivamente con ella.

¿Está todo predeterminado, entonces?

Una objeción natural sigue a esta idea: si todo lo que sucede está condicionado, ¿no equivale eso a decir que todo estaba ya decidido? María Luisa introduce aquí una distinción que vale la pena conservar: condicionado no es lo mismo que predeterminado. Lo condicionado surge de algo concreto, de tendencias latentes —como una semilla que lleva en sí la tendencia a convertirse en un árbol determinado—, pero eso no significa que exista un guion fijado de antemano. Para que exista esta vida particular se ha reunido un conjunto específico de esas tendencias, no todas las posibles; y cuando se observan con atención, esas combinaciones resultan ser infinitas. Esa infinitud, dice ella, es la prueba de que la Conciencia es libre: puede experimentar cualquier cosa porque en ella está latente cualquier posibilidad.

Comprobar, no creer

Un rasgo que recorre todo el encuentro es que ninguna de estas afirmaciones se ofrece para ser creída. Ante la pregunta de si hace falta fe para sostener esta comprensión, María Luisa responde que no: se trata de observar sin juicio, de notar qué ocurre cuando uno deja de juzgar sus propias acciones y las de los demás, y comprobar por sí mismo si aparece calma. «Yo soy», dice, «es la verdad última, es la certeza», y no porque haya que creerlo, sino porque antecede a cualquier creencia: primero se es, y después se piensa o se cree algo.

Ese mismo gesto —investigar en vez de aceptar por fe— es el que sostiene toda la propuesta de este encuentro. La libertad no se alcanza ni se persigue: se reconoce cuando se deja de buscar exclusivamente en la persona lo que, en realidad, siempre ha pertenecido a la Conciencia.

Explora la biblioteca completa →
Más de 500 encuentros con María Luisa, organizados por tema. Acceso con membresía.

💬 Me encantará leer tus reflexiones o preguntas sobre este tema. Tu aporte enriquece este espacio y puede inspirar a otros.

Comparte
Share
No Dualidad y Conciencia
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.